Hoy vuelvo a escribir, después de un tiempo largo sin hacerlo. No con grandes anuncios ni revelaciones, sino con el simple deseo de compartir lo que me habita.
Estoy sola en casa. Llueve suave. El silencio me envuelve como un abrazo tibio. Me preparo unos mates y me corto una porción de budín de banana con chispas de chocolate. Me siento y me dejo estar. Leo un rato, escucho el sonido de la lluvia y la respiración tranquila de mi perro dormido a mi lado.
Y me doy cuenta: qué afortunada soy. Qué regalo es poder parar y estar presente. Qué poderosa es la gratitud que nace de lo simple.
Encuentro placer en lo cotidiano. En lavar los platos con calma, sabiendo que antes hubo una mesa compartida. En tocar la ropa limpia que se secará al sol, imaginando el calor con el que abrazará a quienes la usen. En caminar descalza. En no necesitar nada más que este instante.
Y eso es lo que hoy quiero regalarte: una invitación a gozar de lo pequeño. A honrar lo que parece invisible. A darte un respiro y descubrir cuánta belleza cabe en un domingo en casa.
Porque cuando aprendemos a gozar de lo simple, la vida deja de pasar de largo y empieza a sentirse en el cuerpo, suave y llena de sentido.
Naty
