No es una crisis. Es un pasaje.

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Hace unas semanas empecé a notar algo en mis conversaciones.

Mujeres que me escriben por el retiro, que cuando les pregunto ¿qué te está llevando a buscar un espacio así? no me hablan de bienestar ni de crecimiento personal. Me hablan de rupturas. De vínculos que se terminaron o que están tambaléando. De sentirse perdidas dentro de una relación o afuera de ella.

Una me dijo: «Estoy pasando por una ruptura amorosa que me tiene muy mal.» Otra: «Tuve una ruptura con mi expareja y no me he sentido bien desde entonces.» Y una que me llegó al alma: «Necesito reamarme para volver a elegir. Que lo que llegue sea un complemento, no un estrés.»

Y me pregunté — ¿por qué tantas? ¿Por qué este momento, esta edad, esta búsqueda?

Entonces empecé a conectar los puntos.

Lo que nadie nos explicó sobre cómo elegimos

Cuando somos jóvenes, elegimos pareja desde muchos lugares al mismo tiempo. Desde el corazón, desde lo que sentimos, desde lo que creemos que es amor. Y sí, lo es. Pero la antropología evolutiva hace décadas que documenta algo más: hay una parte de nosotras, muy antigua y muy instintiva, que evalúa al otro como compañero de vida, como padre potencial. No lo hacemos conscientemente. Ni siquiera lo sabemos. David Buss, uno de los investigadores más reconocidos en psicología evolutiva, lleva años estudiando cómo las mujeres priorizan inconscientemente ciertos rasgos — estabilidad, presencia, fortaleza — en la elección de pareja reproductiva.

Y encima de ese instinto, nos pusieron otra capa: el amor romántico. Disney diciéndonos desde chicas que el amor verdadero es para siempre. Que si dudás, no amás de verdad. Que el amor lo resuelve todo.

Entonces ahí estamos — jóvenes, con el instinto biológico de un lado y el cuento romántico del otro — eligiendo. No porque seamos tontas. Sino porque nadie nos dio otro mapa. Y muchas veces, elegimos bien para quien éramos entonces.

El momento en que el lente cambia

Llega un punto — y para muchas empieza en la perimenopausia, aunque no siempre — donde algo se corre. Investigaciones sobre los cambios hormonales de esta etapa muestran que literalmente cambia lo que percibimos, lo que toleramos, lo que deseamos. No es que enloquecimos. Es que evolucionamos.

Esther Perel, terapeuta de pareja y una de las voces más lúcidas sobre el deseo y el vínculo, habla de algo que me resuena profundo: en la mitad de la vida, las mujeres pasan de desear para el otro — para el vínculo, para la familia, para sostener — a desear para sí mismas. Y eso lo cambia todo. La mirada hacia la pareja, hacia la propia vida, hacia lo que se está dispuesta a sostener y lo que no.

Los dos filtros que distorsionaban nuestra visión — el instinto reproductivo y el amor romántico — empiezan a caer. Y lo que queda es una mirada más lúcida. Más nuestra.

Re-negociar el contrato

Yo me separé. En buenos términos. No porque algo estuviera roto de manera irreparable, sino porque no pudimos re-negociar el contrato juntos. Y creo que eso es exactamente lo que hace falta en este momento de la vida — para las dos partes — sentarse a revisar. ¿Quién soy yo ahora? ¿Quién sos vos? ¿Nos seguimos eligiendo?

Hay parejas que navegan esa incomodidad juntas y salen más fuertes, más honestas, más reales. Eso también existe y es hermoso. Y hay parejas que en ese proceso descubren que los caminos se separaron. Eso también es válido.

Lo que no funciona — lo que cuesta caro — es pretender que nada cambió.

Lo que las mujeres que me escriben están buscando en realidad no es superar a alguien. Es volver a ellas.

Y eso no tiene un camino único. Para algunas es una conversación honesta con su pareja. Para otras es soltar lo que ya no cabe. Para otras es simplemente sentarse a preguntarse, quizás por primera vez: ¿qué quiero yo, más allá de todo lo que sostengo?

Las tradiciones que trabajan con la ciclicidad femenina hablan del arquetipo de la Mujer Sabia — la que ya no se mueve desde la urgencia de dar vida, sino desde el deseo de vivir plenamente. Ese pasaje transforma todo. Incluyendo cómo amamos.

Crecer no es traicionar lo que fuiste ni a quien amaste. Es animarte a ser honesta sobre quién sos ahora.

Y esa honestidad, aunque asuste, es el primer acto de amor propio real.

¿Te resonó algo de lo que leíste? Contame en los comentarios. Este tema merece conversación.

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